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VAMPIROS DEL ALMA

 

El mito del vampiro no pasa de moda porque es algo que llevamos incorporado en nuestra condición humana. La cuestión es robarle la energía a alguien para acrecentar la nuestra, dicho de otra manera, entre las personas se establecen intercambios de energía al relacionarse, pero tal intercambio debe ser aceptado por ambas partes y de modo igualitario. Pero hay personas que quieren hacer negocio con ello y usan ese mecanismo chupóptero sin el más mínimo consenso y usando a otras a las que en ese momento, por las circunstancias difíciles que atraviesan, vampirizan descaradamente sin vergüenza para, encima, enriquecerse monetariamente.

Tras leer la crítica de televisión “La caja tonta” de Fernando de Felipe en este mismo diario del pasado día 29 sobre el programa La caja de Telecinco, y después de leer sendas cartas de algunos profesionales de la psicología contra ese programa, no puedo menos de pensar que mercenarios los hay en todas las profesiones. En un programa en el que se desnudan públicamente los temores y angustias de algunas personas –apresadas por su necesidad de ser oídas- parecería que el vampirismo de las almas se ha desatado cual furia y campa a sus anchas. Se dice que el tal programa está asesorado por psicólogos de muchas tendencias; bueno, pues el hecho de haber estudiado psicología y tener un título no quiere decir que se haga bien; es más, es precisamente el respeto por la intimidad de las personas lo que configura el código deontológico de nuestra profesión, que hay que respetar a rajatabla.

Se vende el programa como un arma terapéutica cuando es lo contrario, la persona que expone públicamente sus carencias se enfrenta a unos posibles efectos demoledores para su psique. Pero como los inventores del programa lo que quieren es audiencia al precio que sea, eso sí que lo tienen asegurado, porque desgraciadamente el dolor de los otros a veces suele ser un gozo para algunos desalmados. Y además, alimentar la parte oscura de la audiencia es dar carne a la fiera.

Debería haber una ley sobre esos programas, una especie de control de calidad de las televisiones, una protección de datos personales que convirtiera esa bazofia en delito. Y en este caso, el colegio profesional de psicólogos debería tomar carta en el asunto y llevarlo a los tribunales.


R. MARGARIT, psicóloga y escritora

Publicado en LA VANGUARDIA, 14 de febrero de 2009

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