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“ESE TAMBIÉN SOY YO”



La casa del Dr. Jekyll tenía dos puertas. Una daba a una hermosa plaza y la otra a un callejón sombrío. Por ellas entraban y salían de sus contradictorios mundos el investigador que desafió con sus experimentos a la Providencia y el personaje monstruoso que él creó a través de su propio desdoblamiento. Dos puertas que simbolizan los dos lados enfrentados y atrayentes, en los que habitan no sólo el honorable doctor y el maléfico Mr. Hyde, sino, en cierto modo, todos los humanos. Porque es obvio que tenemos dos caras. ¿Cómo si no deseamos el bien pero sentimos fascinación por el mal?

En todas las facultades de psicología del mundo se aprenden tres o cuatro verdades simples, pero incuestionables. Una de ellas es, precisamente, que los seres humanos somos paradójicos. Que existe en nuestra esencia bondad y maldad, dignidad e indignidad, inteligencia y torpeza. No se trata de un punto medio sino de las dos partes conviviendo en la misma mente.

Conviene saber mirarse al espejo de los dos lados, valorarse y sorprenderse en las dos actitudes de la vida y sopesar, sinceramente, cuál de las dos es más auténtica, en qué circunstancias se alteran y cuál podría llegar a adueñarse de la otra, para decir, como dijo Jekyll: “ese también soy yo”.

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