EL ESPEJO
Sabed que la Tierra que vive en vosotros es una bendición puesto que representa el derecho al error, que es lo que os ha hecho crecer. ¿Estáis dispuestos a hacer borrón y cuenta nueva a fin de consideraros de manera diferente? Os propongo un juego para profundizar en vuestra exploración. Sentaos tranquilamente delante de un espejo, no demasiado lejos, digamos a unos cincuenta centímetros de distancia. ¿Qué veis en él? Un ser, evidentemente, un ser que creéis, que decís ser vosotros mismos. Es posible que os agrade su fisonomía, que os resulte grato el color de su piel, los contornos de su rostro a la caída de su melena…. Pero tal vez no os guste el color de sus ojos, la forma de sus mejillas, su aspecto general, ¡qué sé yo! Todo eso sin embargo, lo que os agrada y lo que os molesta, todo eso representa únicamente la capa más superficial de lo que sois… No digo nada nuevo, claro, ya lo sabéis. A pesar de todo, os entretenéis en esa capa superficial: “¿Qué pensarán los demás de mi aspecto? ¿Qué dirán de este labio colgante o de esta arruga en medio de la frente?...”. Esa superficie, y cuanto emana de ella según imagináis, sigue siendo invariablemente vuestro punto de referencia, la base de vuestra reflexión. He ahí por qué os propongo que, frente al espejo, os miréis de manera diferente. No vais a observaros ni a espiaros, por supuesto. Son los ojos lo que vais a mirar fijamente, no de modo intenso y voluntario para captar no se sabe qué, sino con paz y dulzura. Os aseguro que no hay nada que capturar en esos ojos que vais a mirar verdaderamente quizá por primera vez en vuestra vida. Su color no tiene importancia; lo que importa es lo que van a contaros, sencillamente, sin ningún intermediario. Os sugiero que os sumerjáis en ellos sin artificio, como os fundiríais en la mirada de aquel o aquella a quien amáis y por quien iríais al confín del universo. No es difícil; se os pide únicamente un poco de abandono, incluso si la experiencia no es muy agradable al principio. Hundíos pues en ese océano desconocido en cuyos reflejos os habíais entretenido hasta ahora. Sumergíos en él y preguntadle: “¿Quién eres?” Repetid la pregunta si es necesario. No puede por menos de responder. Desde luego no os susurrará una palabra o una frase, pero os responderá a su manera. Al principio, por una impresión fugitiva sin duda; después, por la percepción de un sufrimiento, de un miedo seguramente. Poco a poco, intentaréis darle un nombre a ese sentimiento, a esa pena, a ese miedo. A medida que vayan pasando los días, cada vez que repitáis ese diálogo con el espejo, intentaréis sonreír un poco más desde el fondo de vuestros ojos a esa tierra dolorosa, en otro tiempo desconocida. Le diréis que la amáis, no para que perdure en su dolor, sino para que se supere a sí misma y una flor venga a iluminarla. Puedo afirmar con rotundidad, amigos míos, que cuando uno está en condiciones de ofrecerse a sí mismo una flor -no hablo de comprársela-, ha dado un gran paso hacia la Reconciliación y es capaz de ofrecer realmente una flor a otra persona. En ese momento se hace posible el verdadero obsequio, el que no depende del reflejo social o del deseo inconsciente de dominio. A partir de entonces, ¡la Tierra estará de fiesta! No consideréis esta práctica de “la mirada afectuosa” como un ejercicio que hay que hacer. No se dirige al intelecto ni a los entresijos de la memoria, sino al corazón. ¡El corazón! Sólo a través de él podréis devolver la virginidad a la materia, a la Tierra que está en vosotros y a la Tierra total. Ésa es la clave. Empezar por el amor del mundo visible, por el amor de sí mismo… Ya no debéis ignorarlo: hay que empezar la ascensión por el amor de lo Visible, porque es uno de los lenguajes de lo Invisible. Extraído de UN SOPLO DE LUZ
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