Por Antonio Merino La vida funciona por períodos cíclicos, en unos se suceden momentos de luz y en otros de oscuridad. Debemos pasar por los dos períodos, pues de lo contrario no conoceríamos qué es la oscuridad y qué es la luz. No es sino a través del contraste de ideas o conocimientos contrapuestos cuando mentalmente podemos estructurar nuestras ideas y comprender el sentido de cada hecho, circunstancia o cosa en base a la diferencia respecto a sus opuestos. Es decir, no podríamos comprender realmente que es un día soleado si no conociésemos los días de lluvia. O comprender el sentimiento de la alegría si no conociéramos la tristeza. Es evidente, pues que si siempre hiciese sol y si siempre estuviésemos alegres, no necesitaríamos crear conceptos para definir los diferentes estados de las cosas, ni tampoco comprenderíamos con una claridad diáfana la naturaleza propia de cada cosa. Por la misma regla de tres que os estoy explicando, en la vida de todo ser humano se deben de pasar por momentos oscuros y por momentos de luz. Las razones por las cuáles tenemos que pasar por la oscuridad para posteriormente encontrar la luz, encuentran su sentido en que cuando la oscuridad reina en nuestra vida, necesitamos buscar respuestas: “¿Qué me está ocurriendo?”, “¿por qué me encuentro tan mal?”... O hacemos afirmaciones tales como: “Necesito cambiar de vida”, “desearía desaparecer durante un tiempo”… La salida del pozo depende de cada persona. O bien podemos elegir el camino de la autodestrucción, a través de adicciones tales como el tabaco, el alcohol, tener relaciones sexuales que no nos estimulan ni llenan para nada, pensar que el mundo y la vida son una porquería y que no merece la pena vivir, etc., o podemos optar por la alternativa de buscar en nuestro interior para poder salir del pozo. Y buscar en nuestro interior significa adoptar un elevado grado de responsabilidad. Y la responsabilidad no consiste sino en ser sinceros con nosotros mismos; y eso significa ver en qué estamos fallando, o con más precisión, conocer en qué nos estamos traicionando a nosotros mismos, y por supuesto, nunca jamás culpar a los demás de nuestras penas, ni desgracias. La compasión no conduce a nada. El único resultado que conseguiríamos con ello es ser unas víctimas, con el agravante de ser nosotros nuestros propios verdugos. Claro que si la persona desea que se le compadezca para que los demás le quieran, es su elección. Pero en ese caso yo propondría a esta persona que invirtiese la situación y trabajase para quererse a sí mismo. El trabajo no es fácil ni rápido. Hay que olvidarse de los famosos anuncios de “tarotistas” que en una tirada te solucionan los problemas de salud, amor y trabajo; o los cursos o terapias (mayoritariamente exportados de Estados Unidos) que en un fin de semana te habrán solucionado y cambiado tu vida. Eso es absolutamente falso, solamente sirve para ciertos villanos que se aprovechan de las desgracias de las almas ajenas para enriquecerse. Y no solamente no ayudan, sino que hunden más a los individuos, lo que provoca depresión, frustración, decepción, de tal forma que en ocasiones muchos seres humanos llegan a la conclusión de que todo es falso, que todo se hace para fines lucrativos personales, y dejan de buscar, o se meten en círculos peores del que salieron. En ese momento, se están equivocando absolutamente en sus conclusiones y actuaciones, pues están cerrando futuras puertas a personas honestas que les pueden ayudar a encontrar la verdad, y además, se están olvidando de que su único fallo fue volcar toda su fe en el exterior, olvidándose absolutamente de que la fe la deben buscar en ellos mismos. Que por cierto esa falta de fe es desgraciadamente un mal bastante extendido entre la población en general. Yo personalmente la he bautizado como: “la ley de la proporcionalidad de la fe”. La teoría es muy simple y contiene una gran verdad en si misma. La ley de la proporcionalidad de la fe midiéndola en términos cuantitativos: “no es sino que la cantidad de fe que depositamos en el exterior, va en proporción a la cantidad de fe que dejamos de depositar en nosotros mimos”. Pero lo mencionado hasta ahora no significa que debamos abandonar toda la fe hacia las cosas externas y solamente tener fe en nosotros mismos. Y yo os pregunto a los que sois padres o madres, y a los que no los seáis, que el poneros en el lugar de esos respectivos roles, ¿acaso desearíais que vuestros hijos o hijas confiarán en sí mismos y se olvidasen de confiar en vosotros como padres o madres?, ¿sería justo?, ¿verdad que no? Pues lo mismo quiere el padre de vosotros, que confiéis en vosotros mismos, pero que tampoco le olvidéis, como tampoco él os olvida a vosotros. Y si alguien no es creyente, pero es esposo o esposa, padre o madre, profesor o profesora, doctor o doctora, u otros tantos roles que tenemos asignados los seres humanos, que piense que igual que es importante que tenga fe en él o ella misma, también es importante y gratificante que tengan fe en él o ella, su cónyuge, alumnos o pacientes. Y si hay alguien que lo niega, que se lo haga mirar, porque eso significa que se ha vuelto tan insensible que es incapaz de sentir al mundo, ni de percibir las cosas pequeñas, como las grandes de la vida. Esa persona debe perdonar y perdonarse, y abrir su corazón para poder abrirse a él mismo y al mundo. Pero ahora sin olvidar la importancia de no volverse en un escéptico hacia todo lo externo, os debéis de preguntar: “¿qué puedo hacer para tener fe en mí mismo?”, “¿qué puedo hacer para que no sienta mi vida como una lápida, y me parezca interesante y divertida?”, “¿qué puedo hacer para saber quién soy, y qué he venido a hacer en esta vida?” Y cuántas preguntas más tenéis sin responder y que os angustian, ¿verdad? Quereros. Quereros mucho es el mejor regalo que os podéis hacer. Y creedme, si os permitís tener momentos de silencio, os terminaréis encontrando a vosotros mismos, y entonces sabréis quienes sois, y por consiguiente que habéis venido a hacer a esta vida. Que cada uno busque el espacio según lo que su alma sienta, ya sea bailando, leyendo, escuchando música, paseando por la ciudad o por la montaña, no importa el medio. Lo importante es que ese sea el medio que vosotros deseáis, porque no es sino vosotros mismos quienes sabéis realmente lo que queréis y lo que no queréis. Y permitiros el ir a un buen terapeuta, la creencia de que ir al psicólogo es para los locos, gracias a Dios en la actualidad comienza a ser una idea arcaica y anacrónica del pasado, pero desgraciadamente todavía hay gente que lo cree. Debéis ir a un buen terapeuta, no miréis las “páginas amarillas”, mejor buscar al terapeuta a través de referencias de algún conocido. Y si no tenéis referencias, pedir arriba con toda vuestra fe y la información que buscáis por el medio y en el momento más insospechado os será concedida. No creáis a quién alardea de sus dones o poderes, creedme, esos individuos pueden ser muy dañinos, y vosotros nos debéis permitir que nadie se aproveche de vosotros y os haga daño, no os lo merecéis, sólo os merecéis lo mejor, debéis ser vuestros mejores amigos o amigas. Para evitar esa clase de problemas es mejor seguir los consejos que os he citado anteriormente. Si la referencia la conseguís a través de alguien que os quiere, como esa persona sólo quiere lo mejor para vosotros, no habrá interés mercantil, ni otros problemas añadidos, por lo tanto, será una buena información para vosotros. Y si no tenéis referencias, además de pedir a través de la oración, podéis escuchar a vuestra intuición. Y sino tenéis referencias, y debido a vuestro tormento interno no sois capaces de escuchar a vuestra intuición, ni fuerza para tener la fe suficiente para pedir, ir conociendo al terapeuta con mucha precaución y que sean sus hechos y conducta las que le juzguen a sí mismo. Otra señal por la que os podéis guiar es la de medir vuestra propia evolución, o el momento en el que os encontráis en relación a la terapia que estáis recibiendo. A veces, no es que el terapeuta sea malo, sino que quizás la técnica no sea la adecuada para vosotros, o quizás el momento no sea el más acertado. Y por último, os deseo decir que por terapeuta, debéis entender la palabra en sentido amplio, pues éste puede ser un psicólogo, unos buenos libros (aunque siempre es necesario compaginar la lectura con una persona externa que nos ayude a interpretarnos, pues solemos ser el peor juez de nosotros mismos), un profesor de yoga, un masajista que no ayude a relajarnos y solventar los problemas psicosomáticos que nos creamos con nuestros desequilibrios energéticos derivados de nuestros conflictos personales, o cualquier otro medio o método que nos ayude a evolucionar y solucionar nuestras disfunciones. En resumen, debéis ayudaros para poder vaciar las cosas inútiles que tenéis dentro de vuestro interior que provienen del pasado, para poder aprender de las mismas, a la vez que a medida que vayáis resolviendo esos conflictos iréis conectando más con vosotros mismos para entender quiénes sois, y qué habéis venido a hacer a este mundo. Es decir, debéis vaciar vuestro equipaje para volver a encontrarnos a vosotros mismos. Pues nuestro Yo esencial siempre ha estado ahí, y no son sino las impurezas que habéis ido adquiriendo a lo largo de vuestra vida, mediatizadas en la mayoría de los casos por nuestra mente, las que os han impedido y han hecho olvidar quiénes sois, y por tanto, qué habéis venido a hacer a este mundo.
|