DECÁLOGO PARA SER FELIZ
“La felicidad no depende de lo que nos falta, sino del esmerado cultivo y administración de lo que tenemos. La felicidad se hace, no se halla. Brota del interior, no viene de fuera”. E. J. HARDY Para emprender el camino de la felicidad y con la felicidad es preciso limpiar nuestra mente, y esto lo conseguiremos creando pensamientos positivos, revistiéndonos de sentimientos positivos que nos ayuden en nuestra empresa. Nótese que hago hincapié en crear, no en eliminar, y esto es así porque nuestra mente tiene horror al vacío y si eliminamos simplemente, no sabemos qué es lo que puede ocupar el hueco dejado; en tanto que si creamos, elegimos los pensamientos y sentimientos que van a expulsar poco a poco todo lo negativo que actúa como rémora de nuestra vida. De esta forma sabemos de antemano cuáles son los pensamientos, cuáles son los sentimientos que nos van a motivar y al mismo tiempo van a constituir nuestro bagaje, del que nos vamos a nutrir y del que vamos a obtener apoyo a lo largo del camino en pos de nuestras metas. Para impulsarnos a este deseo vehemente de creación de nuestra propia felicidad vamos a releer los puntos del decálogo, pero lo vamos a hacer no desde el punto de vista del que busca unas reglas, unas normas sino desde la perspectiva de la reflexión, del paso amable del que mira, observa y asimila. 1. El definir claramente nuestro proyecto de vida nos crea una sensación de tranquilidad: Sabemos a dónde vamos y qué es lo que tenemos que hacer para llegar. Consecuentemente, desaparecen las sensaciones de ansiedad, angustia e incertidumbre que provocan confusión en nuestra mente y pérdida de energías en todo nuestro ser. Fortalece nuestra voluntad en seguir nuestros propósitos, ya que al sentir nuestras fuerzas focalizadas en un punto experimentamos un nuevo vigor, aumentando así la fe en nuestras posibilidades. Nos anima a poner en juego nuestras facultades creativas, ya que al ir desapareciendo el miedo nos atrevemos a pensar mejor de nosotros mismos, a valorarnos mucho más y a establecer metas cada vez más acordes con lo que deseamos obtener de la vida y para la vida. Hace aumentar nuestra autoestima. Se dice que desilusión y depresión son la misma sensación que nos produce la realidad que nos disgusta. Lo que hace que varíen y se conviertan en una u otra es la actitud que tomamos ante ella. Si me entrego al disgusto, mis energías se diluyen en lamentos. Me deprimo con la consiguiente disminución de mis fuerzas y me empantano, por lo que necesitaré que alguien más fuerte me tienda su abrazo para salir del marasmo. Si, por el contrario, ante un problema que surge me desilusiono porque la realidad no se produce conforme a mis expectativas, pero busco en seguida la forma de solucionarlo y pienso en las posibilidades alternativas que se me ofrecen para salir de él, significa que no me he dejado caer en manos de la desilusión, que no me he dejado abatir por las circunstancias, sino que he sabido dominarlas, salir de la prueba no sólo con bien, sino enriquecido. He eliminado de mis alforjas el lastre del temor y me he revestido de la luz que me ilumina en mi camino. Creo en mí y en mi objetivo y el calor de esta luz me anima a perseguir mi deseo y pone alas en mis pies para alcanzarlo. 2. Controlar tus emociones no significa que no las sientas y que te obstines en rechazarlas. Tienes que sentirlas, porque son las emociones que te proporciona humanidad. Si estuvieras desprovisto de la capacidad de sentir y emocionarte serías una máquina andante y parlante, carente de vida. Tienes que sentir tus emociones porque si no, ¿cómo podrías controlarlas? Las emociones no son ni buenas ni malas en cuanto al aspecto moral se refiere. Si las canalizamos y las hacemos servir a nuestros fines pueden valernos para impulsarnos, nos mueven y nos hacen seguir nuestro rumbo; si nos dejamos llevar de ellas crean en nosotros el caos, la confusión, nos hacen dirigir nuestras energías en diferentes sentidos, con lo que se pierden y cada vez vemos más lejano el norte que nos servía de guía. Para contrarrestar este peligro reconoce tus emociones y polarízalas según te convenga en cada caso. Crea en cada momento la emoción positiva que anule la negativa que obstruye tu camino. Tienes que reflexionar, adentrarte en ti mismo para conocer cuáles son los mayores obstáculos, la estrategia para sortearlos o eliminarlos y después pasar a la acción, sin perder la calma, seguro de que puedes porque quieres poder. 3. No te encadenes al pasado porque te inmovilizarás. No puedes hacer nada para recoger tus palabras ni puedes borrar las acciones que crees equivocadas, pero sí que puedes, aquí y ahora pronunciar la palabra adecuada en el momento adecuado y realizar la acción apropiada en el momento apropiado. Si te aplicas serenamente a poner en práctica este consejo verás cómo te reconcilias con tu pasado y no te inquietarás por el futuro. Tus “yos” anteriores y tus “yos” posteriores al momento en que vives, totalmente integrados, contribuirán a que el juego de tu vida sea más enriquecedor, más vital y más humano porque dispondrás del caudal de experiencias pasadas, del caudal de ilusiones para el futuro y de la acción del momento eternamente presente. 4. De la misma manera que la belleza está en el ojo del espectador, según frase de Margaret Wolfe Hungeford, la felicidad se encuentra en nuestro corazón, no fuera de nosotros. Somos nosotros los que decidimos nuestros estados emocionales que contribuirán a hacer nuestra vida más tranquila y placentera o, por el contrario, llena de dudas, ansiedades o angustias. La realidad está ahí, formando parte de nuestra vida cotidiana, con sus acontecimientos placenteros algunos casos, indiferentes en otros y contrarios a nuestros deseos en ocasiones; a veces constituye un obstáculo para el cumplimiento de nuestras metas y, por consiguiente, es internamente rechazada por nosotros, generando emociones negativas que nos impiden tener una visión clara de la situación. ¿Hay algo en nuestra mano, poseemos algún instrumento que nos pueda hacer dueños de las circunstancias? Sobre éstas no podemos ejercer ningún dominio, como tampoco podemos controlar las ideas y los comportamientos de las personas que nos rodean; donde sí podemos ejercer nuestro control absoluto es sobre nuestra forma de ver la realidad, sobre nuestras creencias, que nos conducen a verla de una manera u otra; sobre las palabras que nos dirigimos a nosotros mismos ante los diversos acontecimientos y sobre las acciones emprendidas. Vamos a ir por partes para ver cómo se desarrolla el proceso: El acontecimiento está ahí, en nuestra realidad circunstancial.
Este proceso, tan sencillo en su descripción y prácticamente instantáneo en la vida real, constituye la fuente de nuestras desdichas o el manantial del que proceden nuestras alegrías, nuestras acciones más queridas, nuestros más soñados y acariciados logros. En este proceso se basa el que diferentes personas puestas en circunstancias similares, desarrollen comportamientos diferentes que tengan como consecuencia resultados diametralmente opuestos. Veamos un ejemplo: Escojamos como acontecimiento una circunstancia no deseable, pero algo habitual de lo que quisiésemos que fuese: De la noche a la mañana una persona se ve inscrita en la Oficina de Empleo. Se ha quedado parada. Comienzan las valoraciones del hecho y, según éstas, empieza a decirse palabras a sí misma: “Es una situación catastrófica. No sé qué voy hacer para mantener a mi familia. Me siento humillado, mi mujer y mis hijos no me van a respetar si no soy capaz de mantenerlos como hasta ahora. Mis conocidos van a dudar de mi valor como profesional”. Podría seguir agregando un largo etcétera que no haría más que encoger nuestro corazón, por lo que habrá que ver cuál será el estado emocional de la persona que así se habla. Hará falta mucha comprensión, mucho tacto por parte de los que le rodean y mucha fuerza de voluntad por su parte para hacer que vea la realidad de otra forma, modifique las palabras que a sí mismo se dirige y actúe para salir de la sima en que ha caído. No se llega a este estado por haberse quedado en el paro; esta circunstancia sólo ha sido la ocasión desencadenante. Han sido las palabras, las frases, que nada tienen que ver con la realidad, las que han generado estas ideas equivocadas que, a su vez, han provocado las emociones negativas que han ido apoderándose del ánimo de la persona. Para evitar esta situación de hundimiento y marasmo hay que ver la realidad tal cual es. Hay que establecer un careo entre lo que la persona se dice a sí misma y lo que es la realidad desnuda. Despojada la situación de toda envoltura emotiva, la persona se habla guiada por la razón: “¿Cómo veo el acontecimiento? Constituye un revés muy importante (no hay que negar la realidad y decirse que no tiene importancia). Pero no es una catástrofe.” “Mi familia no carecerá de lo necesario, aunque haya que hacer algunos ajustes en el presupuesto durante un tiempo.” “¿Quién me ha dicho a mí que el respeto de mi mujer y mis hijos se funda en el hecho de que yo les mantenga en una situación de bienestar?” “¿Quién dice que yo no sea un buen profesional, aunque circunstancialmente me encuentre sin trabajo?” Es evidente que diciéndose a sí misma estas frases la persona no llegará al estado de postración anterior, sino que reconociendo la importancia del acontecimiento, no negando lo que éste supone en su vida, se hará cargo de él tomando las riendas de la situación. Deberá comenzar una nueva andadura, considerándose no una persona derrotada, sino una persona cuyo trabajo temporal consiste en buscar trabajo. Con el convencimiento de que encontrará empleo más tarde o más temprano, si no ceja en su empeño de buscarlo. El ejemplo anterior es lo suficientemente descriptivo como para ilustrar la afirmación de que somos nosotros los que creamos nuestros estados internos, lo que nos permite minimizar nuestras emociones negativas y establecer la justa medida de lo que nos sucede. Pero no pensemos que este control anula nuestras emociones, muy al contrario. La capacidad de hacer brotar en nuestro interior el estado deseado, nos hace más receptivos a todo lo agradable que sucede en nuestra vida, a todo lo que favorece nuestros logros, a todo el bien, a toda la belleza, maximizando de esta manera nuestras emociones positivas. 5. Para disfrutar realmente de la vida es necesario sentirse a gusto consigo mismo, y esto no se consigue si no somos coherentes, si nuestros hechos no responden a nuestras palabras y a nuestros sentimientos, que deben ser cultivados en la tierra de nuestro espíritu, enriquecida con las ideas de bondad, verdad y transparencia que harán que nuestra vida adquiera un valor inmenso para nosotros mismos y para los que nos rodean. 6. Disfrutar cada día de lo que eres no significa que te propongas ser feliz siempre. No es necesario que digas que nunca te vas a dejar llevar del pesimismo, que nunca van a vencerte las dificultades. No, la cuestión es mucho más sencilla. Es mucho más fácil que cada día al levantarnos contemos los recursos de que disponemos para vivir íntegramente nuestra jornada, los carguemos en nuestro hatillo, después de dar las gracias, y empecemos a vivir ese día, pensando en que nuestra tarea está en ir dando cada paso de la mejor manera, para ir acercándonos a nuestra meta, procurando que el día de hoy sea mejor que el de ayer. 7. Te será más fácil disfrutar de lo que te rodea si te abres a los demás, bañas tu espíritu en la luz de la sana alegría que dispondrá tu mente a una mayor lucidez, tu cuerpo a una mejor salud y todo tu ser a una mayor sensibilidad para alcanzar una vida íntegra y plena. 8. Para lograr el equilibrio interior aprende de la creación que aprovecha la desnudez de los árboles para ir concentrando la energía en los troncos y reverdecer con mayor pujanza en la primavera. Los animales que invernan en sus madrigueras no hacen otra cosa que acumular vitalidad que fructificará a su tiempo en nuevos retoños. Así puedes ir contemplando todos los elementos de la naturaleza, en sus distintos ciclos, que se renueva constante, pero equilibrada y pacientemente, y no se rebela de forma inútil. De la misma manera, cuando sucede lo inevitable, nuestro espíritu debe mantenerse sereno, expectante, para poder dilucidar cuál es la decisión más adecuada para poner el remedio. 9. Perdón a nosotros mismos, amor incondicional a nosotros mismos, deseos de ser mejores, deseos de una vida mejor para nosotros mismos. Esta es la premisa esencial para que podamos ejercer el perdón con los otros, para que amemos incondicionalmente a los demás y deseemos para ellos una vida mejor. No temo ser reiterativo a la hora de hablar de perdón porque, aparte de ser consejo evangélico, constituye una buena medida de higiene mental: no poseeremos equilibrio interno, calma y serenidad para actuar conveniente y libremente en pro de nuestros logros, si permanecemos atados al resentimiento, al temor y a la frustración. 10. Sin caer en narcisismo enfermizo, valórate; piensa que la opinión más importante sobre ti mismo es la tuya. Cuida tu cuerpo, porque es el instrumento con el que tienes que llevar a cabo tus acciones. Cultiva y entrena tu mente para que inspire y sea el motor de tus acciones. Y para que tus logros sean efectivos y felices recuerda que tus metas son intenciones de cambio encaminadas a enriquecer tu vida, no a imponerte duras obligaciones inalcanzables; en consecuencia, debes procurar que estas metas sean equilibradas, acordes con tu personalidad, y que sean para ti fuente de felicidad en su logro y en su búsqueda.
No olvides que
Texto extraído del libro: ELEGIR EL ÉXITO.
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